Tifón y la tifonomaquia: Considerado el hijo menor y más temible, un monstruo gigante con cabezas de serpiente y alas.
Nació después de que los Titanes fueron encerrados por Zeus.
Este monstruoso dios poseía cien cabezas de dragón sobre sus hombros, y de sus ojos brotaba fuego. También tenía diferentes tonos de voz: uno que era entendido por los dioses; otro, parecido al mugido de un toro; otro, como la furia del león; otro, semejante al de los cachorros; y otras veces silbaba.
Tifón fue enviado a luchar contra los dioses. Provocó que la tierra entera se estremeciera, así como el Ponto y el Tártaro; incluso el alto Olimpo temblaba ante los pies del poderoso ser. Las llamas se apoderaron del mar, tanto las provocadas por los rayos como las que salían de los ojos de Tifón, haciendo que la tierra, el cielo y el mar hirvieran por completo. Todos estaban temerosos: los dioses que pisaban la tierra y el mar, y también aquellos que estaban debajo, como Hades y los Titanes encarcelados en el Tártaro.
Zeus concentró su fuerza y tomó su trueno, el relámpago y el rayo, y fue al ataque. Con el fuego del rayo envolvió las cabezas de Tifón. Después de derrotarlo, lanzándole golpes una y otra vez, el enorme dios, hijo de Gea, cayó entre los barrancos de una montaña.
Gran parte de la tierra ya ardía en esos momentos, fundiéndose como una vela; de este modo, Zeus, enojado con Tifón, lo hundió en el profundo Tártaro.
Cabe recalcar que Tifón tuvo algunos hijos: los recios vientos —excepto Noto, Bóreas, Argesteo y Céfiro, quienes descienden de los dioses— que azotan el mar y crean peligros para los mortales.
Esta versión es tomada de Hesíodo, pero existe otra en la que se dice que, antes de ser derrotado, Tifón capturó a Zeus y lo aprisionó. Esta versión pertenece a Apolodoro, quien relata que Zeus fue despojado de sus tendones y encerrado en una cueva, hasta que Hermes, con la ayuda de Pan, logró liberarlo, permitiéndole así enfrentarse nuevamente a Tifón y derrotarlo de forma definitiva.
El clímax de la historia ocurre cuando Zeus, con su poder restaurado, persigue a Tifón y lo derrota. Después de una persecución que dejó su rastro de sangre en una cordillera de Tracia, Zeus finalmente lo sepultó bajo el volcán Etna, en Sicilia. Desde entonces, se cree que las erupciones volcánicas son el resultado de la furia de Tifón, un recordatorio del poder que Zeus tuvo que usar para asegurar su soberanía. Este mito no solo habla de la fuerza de Zeus, sino que también ofrece una explicación mítica para fenómenos naturales como las erupciones volcánicas y los vientos destructivos.
Campe: La monstruo encargada de custodiar a los Hecatónquiros y Cíclopes en el Tártaro.
Campe era una monstruosa carcelera del Tártaro durante el reinado de Cronos. Según Apolodoro, Cronos, después de destronar a Urano, mandó encarcelar a los Cíclopes y Hecatónquiros.
«Zeus, auxiliado por sus hermanos, hizo la guerra contra Crono y los Titanes. Después de combatir diez años, Gea vaticinó a Zeus la victoria si se aliaba con los arrojados al Tártaro. Él, tras matar a Campe, la guardiana, desató sus ligaduras. Entonces los Cíclopes entregaron a Zeus el trueno, el relámpago y el rayo, a Plutón el yelmo y a Poseidón el tridente».
A pesar de que Apolodoro no la describe Nono de Panópolis la denomina como «aquella ninfa del Tártaro, de negras alas» y hace de ella un «ser multiforme y serpentino».
A continuación la describe y dice que cuerpo estaba formado por multitud de extrañas criaturas. Tenía, pues, un millar de colas reptantes que surgían de sus patas de serpiente, y escupía veneno con gran alcance aquel híbrido y retorcido ser, que se inflamaba provocando guerra. En tomo a su cuello cincuenta cabezas de diversas fieras florecían. Algunas de ellas rugían con figura leonina, con la apariencia de la intrigante Esfinge de terrible rostro. Otras, en cambio, eran de jabalí y rezumaban espuma de sus colmillos, en una perfecta imitación de la faz de Escila, con una cohorte reunida de cabezas de muchos perros.
Era doble su naturaleza, y a partir de la mitad de su cuerpo, se aparecía en forma de mujer, de cabellos de serpiente que lanzaban veneno. Su híbrida y enorme figura, desde lo más alto del pecho hasta la articulación del muslo, estaba cubierta de escamas como un monstruo acuático. Las garras de sus manos, que se extendían por doquier, se doblaban como una hoz de uñas corvas, y desde lo alto de la espalda, reptaba un escorpión enroscado sobre sí mismo a través de su pavoroso lomo, con una cola de granizo afilada con un agudo aguijón que se levantaba sobre su cuello. Tal era su monstruosa forma: volaba con el impulso variado de sus oscuras alas, dando vueltas sobre la tierra, el Éter y las tempestuosas profundidades, mientras blandía huracanes y se armaba de tormentas. Las llamas rutilantes de sus párpados despedían chispas que salían despedidas a distancia.
Joseph Fontenrose sugiere que Nono la consideraba una refiguración del monstruo babilónico Tiamat; y también Equidna con otro nombre, siendo sus escamosas piernas como víboras o el equivalente femenino de Tifón.
En su Diccionario o Lexicón Hesiquio de Alejandría hace notar que el poeta Epicarmo califica a Campe de «ceto» o monstruo marino (el nombre «Ceto» designa a un monstruo particular: la hija de Gea y Ponto; pero designa también a los monstruos marinos en general)
A diferencia de los hijos de Gea y Urano (Titanes, Cíclopes, Hecatonquiros, Gigantes y Afrodita), la descendencia con Tártaro es caracterizada por ser fuerzas monstruosas y destructivas.
Los Gigantes: En algunas tradiciones, Gea se une a Tártaro para engendrar a los Gigantes que lucharon en la Gigantomaquia.
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